abuelos y recuerdos | Miércoles de #RetoMeraki

miércoles, 10 de enero de 2018



La vida es mucho mejor cuando tienes la fortuna de tener a tus abuelos cerca. Los réferi entre mamá y nosotros.
Mi abuelo materno falleció antes de que yo pudiera registrarlo en mi memoria para siempre, solo tengo las anécdotas que mamá cuenta de vez en cuando.
Me hubiera encantado tener los recuerdos frescos, poder decir, sí, me acuerdo de aquella ocasión cuando tiré su material de trabajo por todo el patio, o cuando era su ayudante estrella o cuando quería acompañarlo a ese lugar que yo no podía ir. Como quisiera poder tener el recuerdo de él llamándome “muchachita”. Existen fotografías e imágenes que puedo recrear con la imaginación, pero nada será como recordar su rostro y esa altura que podría asustar al más valiente, su figura tan alta con su vestimenta vaquera a juego con su siempre y fiel compañero, un sombrero.

Pero también tuve a mi abuelita materna, mi “ama”. Esa gran mujer que era reacia a recibir un abrazo y ni se diga un beso de cumpleaños, o navidad o simplemente por el motivo de volver a reunirnos. Pero que su amor lo demostraba de una mil maneras que van más allá de una caricia.
Su preocupación de que comiéramos bien, Y no se diga de nuestras galletas favoritas o el cereal del “gallo” que siempre nos tenía cada que llegábamos a visitarla. O por contarte las historias más terroríficas que de pequeño podrías escuchar, todas y cada una de esas muestras de cariño son irremplazables. O sus regaños que te hacían llorar y jurabas que ya nunca regresarías a su casa, pero siempre terminábamos volviendo porque el amor y el cariño siempre terminaron ganando.
En su casa nunca faltaba un plato de comida y tu refresco, ella se sentaba en su lugar junto a un calentador en su mecedora y se dedicaba a escuchar lo que quisieras platicar con ella. O tú simplemente te sentabas y escuchabas atento dos o tres veces la misma historia. Cada una más emocionante que la anterior.
Siempre tuvo una sonrisa sincera para quien fuera que llegara a su casa, esa bella fortaleza inundada de una paz indescifrable.
Junto a ella la vida era tranquila, sin teléfono, internet, televisión por cable o vidas agitadas. En esa casa había una vista inmejorable hacía el atardecer que se perdía tras las sierras que adornaban el paisaje o simplemente podías caminar por el inmenso temporal de siembra que en años pasado había visto mejores épocas.

Y aunque han pasado muchos años desde que partieron al cielo, en casa aún tenemos una gran pieza de su vida y una extensión de ese amor que tenían para todos. Y con cada mirada sabemos que ellos, jamás nos han abandonado.















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